P.D1: Nadie tiene por qué exigirme a mi lealtad, ni a mi, ni a nadie. Oyó, señor Presidente?. Nadie es el Pueblo.
P.D2: La imagen del Kapow fue tomada de http://goodcomics.comicbookresources.com con la esperanza de que no hayan problemas con eso
El reencuentro con mi ciudad natal confirma, sin dejar lugar a mayores dudas, que lo que más extraño de Caracas es la gente. También, que lo que menos extraño es la gente. Y por favor, no se ofendan. Estamos frente a un tema de acepción, el interminable – pero divertidísimo – enigma de la terminología.Más de un mes en el Reino Unido y habiendo conocido la capital del Viejo Imperio, la experiencia británica se hace mucho más nítida. Pero la perspectiva de vivir en un lugar como estudiante es siempre favorable, al menos para aquel que gusta de la academia, estar rodeado de una elite de gente brillante – la mayoría de ellos muy jóvenes – y discutir acerca de los asuntos más importantes del mundo de una manera segura e insignificante.
Me reprocharan que la academia produce conocimiento útil y práctico, incluso en psicología, con lo cual concuerdo. Sin embargo, el goce ingenuo de cambiar el mundo en cada conversación, suele ser particularmente frondoso en la academia. Fuera de ella, el pesimismo y el "realismo" es mucho más fuerte y pesado, esto a pesar de que los académicos tienen mucho más recursos y razones para ser pesimistas. Y en el medio de esta divagación, ya pronto se acerca el momento de confrontar el primer paso hacia adelante. Escribir un ensayo formal en una lengua extranjera no es tarea sencilla. Esto se hace notable, tomando en cuenta la brecha cultural y cognoscitiva entre las partes. Sucesivos golpes a la autoconfianza (como tener que preguntar cómo funciona un casillero, donde se toma el bus para X desde Y para llegar a Z, verse sorprendido por un evento programado, confundir el verano con el otoño) o en otras palabras , el hecho de ser un espécimen de zoológico en una jaula defectuosa, hace que el reto luzca desafiante. Convencer a un académico cuya mente es acorde a este mundo, a través del lenguaje de otro mundo (donde los eventos no programados no sorprenden, los casilleros no tienen un funcionamiento propio y los buses tienen gente colgando que grita para donde van) pues, no se ve fácil. Hay una traducción invisible del español al ingles, una traducción similar a la que se hace cuando se cocina con una receta y dice "sal y pimienta al gusto". Y en algunos casos, como en el de la escritura en un idioma extranjero, no se trata ni siquiera de traducir, porque de hecho, se está razonando en el idioma extranjero en cuestión. Se trata de pensar en la manera en que el idioma lo demanda, acoplarse a la delicadeza de su funcionamiento, disfrazar el espíritu y dejar que fluya una línea de pensamiento muy distinta a la propia, pero propia, de alguna otra forma.
Es un engaño, sutil si se quiere, un engaño que empieza por el que escribe, para convencerse de que es su pensamiento el que está reflejado allí, en otro idioma y que de hecho, si se lee, tiene un acento diferente al de uno mismo cuando habla, una voz quizás más grave o más nítida y una línea de pensamiento distinta a la que se pudo haber formulado en español. Los resultados de este experimento lucen prometedores, al menos interesantes, y esperamos, que todo salga bien.
Finalmente, luego de una semana de locura absoluta, con el día clavado en la noche y la noche en el día, sin casa, teléfono ni internet, he pasado de la absoluta indigencia a la ansiada vida del primer mundo. Suena rimbombante, quizás algo exagerado, pero fuera del teclado sin acentos, es una diferencia radicalmente maravillosa. Ya mi acento en ingles debe sonar muy parecido al de Kluivert cuando hablaba en español, y conozco unas 4 rutas de bus tan bien como las de Margarita, asi que puedo decir que estoy bastante mejor. La experiencia de otro mundo, de vivir en una isla que no está rodeada por arrecifes paradisiacos y donde se espera que llueva la mayor parte del año - sin ninguna selva cerca – suena loco. Y puede que lo sea.
Este es, seguramente, el post más autobiográfico que haya escrito en mucho tiempo y para quienes están más interesados en mis opiniones respecto a otras muchas cosas, les pido mis disculpas. La experiencia europea, o en todo caso, británica, es, como era de esperarse, tan distinta como puede ser una mata de mango en Tapipa de un roble en Beeston. Y, como decía Einstein, tomemos el espacio y el tiempo como uno solo y véanse ambas matas comportándose de manera radicalmente diferente durante todo un año – ontogenéticamente, como diría Piaget – y allí estamos. Ahora, imaginen una mata de mango en Beeston y listo. He allí el fenómeno que ocurre con el recién llegado, que pronto se da cuenta, de que el mundo está transitando a su alrededor, y que no es el único mango por allí. La experiencia de la calle, en un pueblo grande como Nottingham, es una tarea retadora para la atención. Difícilmente pueda alguien curioso no marearse en el autobús, mientras se queda viendo fijamente todo, intentando sostenerlo en la retina durante suficiente tiempo como para poder atraparlo y no lucir tan sorprendido la próxima vez. Lo mismo pasa con los olores y la musicalidad de la calle. Es difícil no darse cuenta, de que se está rodeado de africanos, asiáticos y europeos al mismo tiempo. Algunos acentos australianos pueden venir a cuento, y los latinoamericanos realmente tenemos muy poca presencia callejera. Y nada que decir respecto a la hilera de cortinas aromáticas que es, en realidad, cada avenida que cruza las diferentes cuadras. Curry, fritura, carne, pescado, frutas, dulces, pan, humo, bebés, etc… todos estos olores van y vienen mientras una chica punketa lleva a su bebé en el coche, mientras su otra hija corretea en el monopatín para tomar el autobús del colegio.
El semáforo, quien cuenta con un asistente septuagenario, puede estar copado por personas radicalmente diferentes. Y de hecho, no he presenciado la primera vez que haya un grupo relativamente homogéneo en el semáforo. Obviamente, el hecho de que la presente mata de mango esté rondando no ayuda para nada. Y esta contribución minúscula a la heterogeneidad reinante se siente bien. Y es quizás, la contribución que se pretende hacer, en un mundo que amenaza con ser cada vez más homogéneo, pero que en cada rincón, notamos como, indiferente y rebelde, empieza a notarse una energía rotunda que niega a perderse en los pasillos de supermercado y que lejos de los nacionalismos asesinos, pretende más bien reafirmar su presencia, sin vergüenza alguna, queriendo decirle a los designios de los totalitarismos mercantilistas y antimercantilistas, que no importa cuanto lo sigan intentando. El mundo se acabará antes de que las diferencias sean anuladas, o quizás se acabará en ese preciso instante.
And as they say in here: Cheers mate!
Después de tanto tiempo sin publicar, el panorama cerebral se muestra árido y disoluto. Sería poco honesto dejar a un lado una de las razones de la aridez, que no es otra que la presencia de la mitad de este desierto neuronal al otro lado del Atlántico. Finalmente, luego de más de un año, el sueño de cursar un postgrado trasatlántico está por cumplirse, queda en manos de Dios - y de CADIVI - que todo siga el curso que ha sido trazado por los propios méritos y la ayuda de decenas de buenas personas y amigos. Seamos honestos, nos gusta el toque de reto que le da este país a todo, incluso estacionar el carro.
Quizás es eso lo que nos distrae de cosas más importantes, lo que ha planificado con minuciosidad enfermiza el dueño del status quo para hacer que este país siga un curso infernal. Algunos piensan – en una proporción pseudomiti-miti – que quienes han trazado el rumbo hacia el abismo han sido sus respectivos contrincantes políticos. Sin embargo, pareciera haber una presencia aún más grave, extraterrena, oscura y melancólica, que a ritmo de vallenato llorón, solloza complacido y triste por el final de un sueño, verlo hundirse lentamente en un pozo de brea pestilente, mientras los habitantes del barco pelean entre sí, gritándose, discutiendo acerca de quién los llevó a ese pozo y cómo llegaron a ese lugar.
Los actuales ocupantes de la nave discuten sin cesar acerca del deterioro moral y espiritual del país. Y cada cual plantea que bien, esto es asunto de responsabilidad exclusiva de quienes gobernaron antes – al parecer a los 6 años yo también estaba en ese lote – y quienes gobiernan – quienes según los del otro lado, en 10 años han logrado destruir la gran maravilla que habían hecho. Y no, no me odien por favor, que según los rojos estoy de su lado.
Pero, sin ánimos de ser aquellos terribles seres que sólo se quejan sin hacer nada, cada vez que pienso en oposición recuerdo al dedo gordo. El famoso dedo pulgar. El maravilloso dispositivo que nos aleja de los terribles, estúpidos y peludísimos monitos. Sí, se le llama "pulgar oponible". Puede seguir un curso radicalmente diferente al del resto de la mano. Y puede hacer que la mano haga cosas que no haría sin dedo gordo. Como martillar con algo de precisión, sujetar un trapo mugriento con asco, o un pañal usado con asco. En fin, la famosa "pinza fina" que, acompañado de un rostro halado hacia el cuadrante central superior, es signo ineludible de una profunda experiencia escatológica.
Es entonces, lo que me inquieta. Lo que me aseguro a mí mismo. Tesis desquiciada: sin la "oposición" esta mano habría hecho cosas muy diferentes. La toma de decisiones, supuestamente asume costos y beneficios, riesgos calculados. Sin embargo, desde hace algún tiempo siento que esta tesis se ha deteriorado, y se piensa que este país es tan divino, que Jesús sigue asumiendo los costos de nuestras acciones.
Hay algo, aparentemente, en alguna parte de nuestro inconsciente latinoamericanojudeocristiano que nos hace pensar que si hacemos algo a contracorriente, alguien más, seguramente el pobre Jesús, será el que asumirá el costo de nuestra rebeldía. Se ha llegado a la idea absurda de que se puede hacer revolución sin oposición y de que se puede hacer oposición sin represión. Como si la diferencia radical de ideas fuese conciliable con unas buenas palabras, unas palmadas en el hombro y una sonrisa pajúa. Porque claro, somos gente solidaria, alegre, de buenos sentimientos. Aunque, también cada acción de cambio, cada promesa de giro de timón reposa, no sólo en la absurda esperanza de que el costo lo asumirá alguien más, sino también sobre la oscura certeza de que un movimiento en falso puede costarnos la permanencia en esta vida.
Hay mitos que derrotar, acerca de nuestras propias bondades. Mitos como la solidaridad - que hace que miles de personas vaguen hambrientos sin ayuda -, como la alegría - que tiene las calles desiertas a las 9 de la noche -, como la simpatía - que no le gusta mirar a la cara en la calle ni dar los buenos días-, o el mejor de todos, la atención - que hace que 9 de 10 mesoneros odien a sus clientes, aunque no sean caprichosos.
Y claro, dirán ustedes, qué sencillo armar este zaperoco cuando uno se va, ¿no? Pues no, es una manera de decir, cuiden este coroto mientras llego, sin nada de Fe en que nadie pare media bola.
Recientemente he tenido un reencuentro con la literatura. Leer a alguien conocido es un asunto peculiar. Quizás en otras latitudes no se entienda con claridad el dilema. Pero la latinoamericanidad hace que el debate intelectual, artístico y literario sea realmente complicado. Quizás de allí provenga buena parte de la calidad de nuestros genios apasionados.
Uno de estos genios apasionados - por qué ser modesto cuando no es uno mismo - es amigo mío. De adolescente mantenía como ética el rodearme de gente talentosa, brillante y hermosa para compensar. Y es una ética que ha rendido sus frutos. Este breve post es una parodia de las revistas literarias donde se hace un incomprensible análisis respecto a la calidad de una pieza literaria. Sería grosero decir que la crítica no aporta nada a la literatura y que es más bien como un organismo que parasita el talento de quienes empeñan su buen sueño, su tranquilidad y su intelecto, que con mucho menos esfuerzo, podría devengarles mucho más dinero en un arte mucho menos digna. Sería grosero, sin duda, y por eso no lo hago.
Y al final, tampoco tiene ninguna importancia. De quien hablo es Carlos Villarino. Hace varios años hice un post, contento porque Carlos había ganado el Monteavila. Ahora escribo otro post contento porque Carlos ha publicado su segundo libro: El Otro Infierno. Luego de haberme abandonado por meses a la lectura de biografías, literatura académica y profesional, agradezco que haya aparecido Carlos con su libro. Hay literatura que te aleja del mundo, que te atomiza en otros mundos. Y hay literatura que hace palpable al mundo mismo. En una vitrina donde rezumba la sabiduría oriental, el valor de la confianza en el yo y otro método más para mantenerse en el peso apropiado, El Otro Infierno es una pieza de literatura que hace que el mundo sepa a algo, que huela, que se materialice frente a nuestros ojos. Quizás no es el mundo que queremos, pero tras lo siniestro y oscuro de los relatos se experimenta el goce de la contundencia de una manera de escribir que parecía olvidada por estas latitudes.
Y bueno, sin irse a París, entre la Baralt y la UCV, ha salido un excelente libro de cuentos. Narrativa breve, mi favorita, de la que no tienes que tener buena memoria para entender y desentrañar. Así que si se lo tropiezan, compren El Otro Infierno y para quienes la vida sea mucho menos accidentada y azarosa, ¡búsquenlo!
P.D: Sé que está disponible en El Buscón del Trasnocho y en Librería Estudios, detrás del CSI.
Provoca irse para el carajo. Sí, claro que provoca. Pero el camino para el carajo está alfombrado de innumerables obstáculos. Pero alfombrado, no tupido como un bosque tropical selvático lluvioso de grandes y portentosos árboles, sino alfombrado de nimiedades de la estatura de una fibra sintética altamente inflamable.
Es tan vulgar el tipo de cosas que hay que hacer para salir de aquí por un rato, que utilizando la bendita metáfora de la alfombra de tonterías, uno se siente culpable, por primera vez, de que la digna alfombra persa esté en la misma categoría de los alfombrados alergénicos de oficina. Es como la diferencia entre una pieza de Bach y el hilo musical de un ascensor.
Brutal divagación, brutal. He estado pensando en insurgir. En rebelarme finalmente de manera práctica y contundente ante el estado de las cosas, tan ruidosamente envilecido, tan escandalosamente banal, tan invasivo en su ajenidad perpetua. Y quizás la manera de hacerlo sea a la antigua, con un manifiesto, un partido político ilegítimo no registrado en ningún papel oficial y una propuesta insensata. O quizás no. Es esa apertura a las alternativas, esa duda constante, un "tal vez yo no tenga la razón", esa serenidad la que frena el ímpetu de mi manifestación definitiva contra todo. Es como una explosión cuyas esquirlas van pidiendo disculpas en el camino mientras tropiezan, desgarran y rompen. Y termina siendo todo más como una nube que como un estallido.
Y es aquí, en esta nube de humo metafórico y virtual, donde se desanudan las trenzas de mi cotidianidad entrecortada. Y probablemente ustedes ahora tengan esa cara, la cara de que este es "otro post de esos que no entiendo" o de repente les parece que es encantador.
Y esa ambivalencia, que es tan parecida a mi "tal vez yo no tenga la razón" debe ser lo que me mantiene escribiendo. La esperanza de que ocurran cosas fuera de esta pantalla que no me ocurren a mí, sino a ustedes. Cosas que ocurren cuando leen esto. Sin ninguna pretensión iluminista, sino más bien romántica.
Y cómo quisiera creer apasionadamente que ir a protestar soluciona algo y no que empeora la experiencia trágica de la urbanidad. Cómo quisiera creer que nuestras instituciones cumplirían su rol si nos quejáramos más. Amaría pensar que nada más nos falta aprender a trabajar con más ímpetu, que Venezuela es un país de flojos y que teniendo petróleo y tantos recursos la tenemos mucho más fácil. Sobre todo, adoraría que alguno de los clichés vespertinos de costumbre me confortara ligeramente, me diera algo de cobijo, me ofreciera algo de tranquilidad injustificada, plenamente inconsciente y carente de culpa.
Quisiera pensar que la miseria que hay en nuestro país es mucho menor que la de otros países, que esa hambre que sienten millones de personas es mucho menos hambre que la de los pobres en África, en Asia, en el Caribe o en cualquiera de nuestros países cercanos. Que aquí es más fácil ser pobre porque al menos el mango y el plátano se dan en todas partes, no como en el desierto, donde crece el odio con cierta dificultad, pero nada de frutales y verdor.
Sí, mucha divagación, a raudales.
Y he pensado, cómo no, he pensado en fundar un partido. En llamarlo El Bate. Y colocar de lema "Nosotros sí arreglamos las vainas a los coñazos". Se podría entrar sin cédula, ni pasaporte, ni siquiera necesitaríamos foto para el carné. Pero cada quien tendría que comprar o hacer su propio bate. Los fundamentos básicos del partido serían difíciles de establecer en una primera instancia, pero muchos problemas nacionales pueden resolverse con mayor efectividad y solvencia con un bate que con el gobierno o las marchas.
No hacen falta más partidos que ensucien las paredes de papel engomado en las elecciones y que nos hagan gastar nuestros impuestos en más colores para el tarjetón. Hace falta amor. Y un poco de madera.
Este regreso a Caracas, que es como un regreso transitorio ha resultado particularmente chocante. Ha sido como un chorro de vómito en la cara mientras miras las estrellas recostado con las manos detrás de la nuca. Disculpen la imagen, pero no he hallado nada en el medio, ahora el medio parece estar vacío. En el medio no hay Honduras, ni A1NH1 (disculpen si no escribo bien las siglas, pero no me provoca buscarlas), ni golpes, ni vacíos de poder, ni militares con bolas y otros sin bolas, ni policías corruptos, ni drogadictos, ni putas. En el medio no hay nada, debe ser por eso que muy pocos quieren estar allí.
Quisiera que me provocara irme de Caracas o de Venezuela, pero ni siquiera el líquido pegostoso en los ojos me hace desear eso puro y simplemente. La sensación de acostumbrarse para no enfermarse ya me tiene al borde. Y este post descalabrado es apenas un síntoma. Ahora empiezo a detestar las cosas en las que antes no creía, como por ejemplo, la policía. Y me disculpan los oficiales honestos, los individuos que se arriesgan a perder la vida por un sueldo miserable. Pero no creo en seres humanos que vigilen a otros. Ahora la idea me parece aborrecible, sabiendo que detrás del Estado y sus instituciones circulan las peores amenazas para ricos, pobres, pequeño-burgueses, burgueses, nobles, revolucionarios y compatriotas.
Luego de pensar que era el orden el enemigo, pienso ahora que aborrezco la farsa del orden institucional que esconde una marejada de caos que amenaza con asfixiar la felicidad de los que no tenemos armas ni privilegios funcionariales.
Este no es un post en contra del gobierno, es un post desde el medio vacío, desde el ombligo vacuo de nuestro pensamiento político. Tan catártico, patético y duro como puede ser encontrarse en un mundo post apocalíptico sin apocalipsis.
El curso de las crisis personales es similar al de la vida misma, como trascendencia. Recientemente, en una compilación de artículos de autores como Foucault y Deleuze, se restriega el tema de la vida como una dimensión que está más allá de las personas y las cosas. Y quizás sea en este punto, donde el flujo del pensamiento se une con la vibración misma de la existencia.
Pero todo eso sería demasiado fumao' para este blog. Muy recientemente, luego de experimentar y de observar concienzudamente numerosos conflictos de pareja, puedo asomar un tema que me llama profundamente la atención. Se ha vuelto un lugar común que los roles de los miembros de una relación se están difuminando. Particularmente en las relaciones heterosexuales, donde el género pareciera ser un asunto importante para dilucidar qué hace quién y cómo. Al parecer, al igual que Caracas, este asunto era mucho más nítido hace varias décadas. Seguramente en Estados Unidos, en las familias del norte conservador. En Venezuela, algo me hace pensar que las cosas nunca han sido claras. O quizás exagero. Pero hacia otro lado se dibuja el escote que distrae nuestra mirada hacia el asunto que nos interesa.
Hay muchos roles diferentes, que pueden ser categorizados de diferentes formas. Es el caso de los roles productivos (como el cazador, la recolectora, la progenitora), los roles organizadores (la matrona, el protector, la guerrera, el sanador) y los destructivos (el criminal, el loco, el idiota). Esto, a grandes rasgos y sin ningún interés académico*. De todos los roles posibles, el que ha venido a llamar mi atención es uno que quizás cuelga entre lo destructivo y lo organizador, que es el del loco de una relación. Existe una licencia – muchas veces autoconcedida – para dejar que los tapones vuelen de un lado, o del otro.
La fuente de esta licencia para mandarlo todo al carajo es infinita y siempre está del lado de cualquiera de los participantes. Puede ser un cornetazo muy fuerte - o varios cornetazos muy fuertes, en Caracas las cosas vienen de a bastante -, una discusión con el jefe donde se revela su competencia para asumir el rol de abusador, numerosas promesas rotas nunca hechas – esta es una de mis favoritas – o un trámite burocrático. La alternancia del rol es una de sus características más interesantes y casi siempre es un asunto de orden de llegada. El que se vuelva loco primero está hecho, porque el otro sería mal visto si se vuelve loco como respuesta. Algunos dirían que no supo manejar la situación – cosa que no dirían del primero, quien solo estaba de mal humor, o había tenido un mal día.
Pero he allí, la maravillosa justicia de la retórica al comprender el valor de los afectos para la persuasión. Los racionalistas se dejan desesperar en una discusión y pierden catastróficamente, sin entender que el argumento mejor elaborado nunca estará al nivel del acucioso arte de hacer perder la paciencia al contrincante. El germen del falatia ad hominis, nunca bien fundamentado, siempre efectivo.
*Parte de las políticas de ¡De bolas que es una pipa! es no producir intencionalmente ningún elemento que pueda ser de utilidad para la cultura académica.
Otra vez el heroísmo. Pensando en héroes, pensamos en indumentarias y sin miedo alguno de sonar trillado, sino con toda la seguridad de serlo, decimos:
Y por supuesto, no podríamos dejar a un lado en esta entrada caótica el temblor. ¿Lo recuerdan? ¿14 temblores en un solo día? La gripe porcina. ¿Recuerdan? ¿El fin del mundo?
Bueno, sin duda han sido semanas distintas, sin embargo, cuesta decir que la experiencia de vivir estas últimas semanas ha sido demasiado diferente a la vivencia de las cien anteriores. Al menos en lo que concierne al fin del mundo, que se ve igual de lejano y cercano al mismo tiempo.
Pero si algo aprendimos durante nuestra infancia, es que es importante tener el interior por fuera si quieres hacer algo importante frente a un cataclismo o un villano de proporciones catastróficas. ¿O eso es estrictamente accesorio?
Las nuevas generaciones conocen otro tipo de héroes. Héroes que se conocen entre sí, que no conforman ninguna Liga o Salón, pero que se convierten en villanos de vez en cuando, no son solventes en sus relaciones familiares, algunos son incluso incompetentes para tratar con la gente en general y sus poderes no están justificados siquiera en lograr un bien mayor sino en prevenir que ellos mismos se conviertan en el siguiente cataclismo.
En la era de la autoayuda el peor cataclismo es la autodestrucción.
Recientemente he estado involucrándome de nuevo con la psicoterapia. Particularmente con la dinámica, que siempre me resultó más atractiva a nivel teórico. Sobre todo porque es más susceptible de ser ironizada. Soy de los que se le hace imposible querer algo de lo que no puede burlarse. Eso, diría un analista, debe ser un problema de la infancia, seguramente imbricado con una perversión sexual inconfesable. Un junguiano iría incluso más allá, y podría decir que esto forma parte de la venezolanidad, de la latinidad e incluso de una parte oscura de la humanidad que proyecta sus sombras. Un lacaniano podría aducir algo respecto al anudamiento de la imagen del otro sobre el yo en la ilustración de una sonrisa imaginada no realizada en el espejo.
Viviendo el día a día, la experiencia de la caraqueñidad vuelve a hacerse trabajosa. La percusión de 4 monedas en un pote chino que se despide desde unas escaleras perturba. El aullido agotado de un mutilado a los pies de la escalera mecánica suplicando ayuda. La saliva del diablo esparcida por las vitrinas de los bulevares y las paredes inmensas de los edificios. El rictus comprimido de los transeúntes. El miedo. La angustia. La crisis. El desasosiego. El hastío. Pero luego, basta asomarse por la ventana del barco y darse cuenta de que el mar entero está podrido. No es Caracas, no es Venezuela. Es el planeta.
Desde todas las teorías, todas las creencias, hacemos lo posible por reafirmar que la Humanidad es única. Es inigualable. No puede explicarse por completo. Es impredecible, gloriosa, incomparablemente hermosa.
La pregunta es: ¿Si es así, por qué necesitamos repetirlo de tantas formas? ¿Está el gusano de la duda diabólica acechando? ¿Hay algo que nos quiere hacer creer que somos solo cosas? ¿Perfectamente predecibles, reemplazables, desechables?
Quizás la afirmación de Nietzsche respecto a la muerte de Dios no es otra cosa que la manifestación de un extravío generalizado frente a la duda de ser únicos. En medio de su locura, pudo reconocer con mayor literalidad el sufrimiento de un caballo que el de la humanidad entera. Quizás estemos tan confundidos que estemos convencidos de que tenemos que inventar, cuándo debemos desempolvar. Más que inaugurar, restaurar.
Y quizás la restauración que necesitamos no sea muy diferente de la inauguración que buscamos. Porque queremos salvarnos, pero de una manera diferente y nueva, como si eso fuera más importante que usar el interior por fuera.
De todas-todas, estamos anunciando que si vamos a desaparecer, lo haremos con todo. Si reafirmamos nuestra particularidad universal, nuestra distintiva existencia, no lo hacemos solo desde nuestras creencias que reafirman nuestra peculiaridad al ser creados, sino también para ser destruidos.
La política puede entenderse como una manera de seducir y ser seducido. Consultando el Diccionario de la RAE he podido notar que las acepciones de uno de los verbos más inquietantes de nuestro mundo occidental contienen, el trío, a su manera y cada una, algo de vil, engañoso y lujurioso.
La seducción no es una metáfora poco usada para entender el mundo político, sino que más bien, el hecho de que sea un lugar común nos hace preguntarnos: ¿Toda política es seducción?
Y respondo rotundamente: No
Al menos no todas las posibles. El asunto de la política donde la seducción es importante, es en la política electoral. En el juego de poder donde la permanencia en un puesto está por encima de la ciudadanía, el derecho de las minorías y las mayorías a coexistir sin quererse mutuamente.
La posibilidad de vivir juntos sin amarnos, es el derecho que nace de las legiones de pensamiento no autoritarias, ya no tan vigentes y efectivas en nuestro mundo de hoy. Pero quizás mañana la humanidad sea borrada de un plumazo por una peste, por un Dios cansado de darnos más oportunidades.
Hace poco una buena amiga me preguntaba como manejar la incertidumbre. Yo no sé si sea manejable – nótese por favor la gracia de no saber algo respecto a este tema tan incierto – pero puedo asumir que la incertidumbre absoluta puede poner en ridículo la duda cotidiana, así como la Fe derrumba por tonta cualquier confianza sobre lo humano, como si fuera plasmable en H.
Se acerca una gripe granjera, hace varios años fue una aviar, ahora viene la porcina. En una década la granja entera de Orwell estará anarquizando el mundo, entre los estornudos de los cochinitos vengándose del lobo feroz - para que siga soplando y se ponga serio - , la tos de los pollos y las enloquecidas vacas, danzando alrededor de una fogata shamánica.
Eso, o simplemente será todo igual o más bien distinto, como después de la peste negra, la peste bubónica, la gripe española, la viruela, el SIDA y el ébola.
Nunca hubiera esperado conseguir esperanza tan nítida en el tedio y el cinismo. Pero así estamos.

Todo 11 tiene su 13, dice un lema no tan reciente de la revolución bolivariana. Yo diría que todo vacío de poder tiene su golpe. En estos días de profunda disonancia, de angustiosa contemplación de monólogos resonantes, queda en duda cuál es la función y el propósito del canto de la moneda.
Queda muy claro, por lo general, cuál es la función de la cara y del sello, que en medio de los azares de la historia se ubica en reposar oculto o en mostrarse. El rol complejo y poco relevante de la política electoral en nuestras vidas se manifiesta como el giro de una moneda, mientras que queda en duda si el canto es la representación de la distancia mínima entre dos lados opuestos o el enlace entre aspectos que se dan existencia mutuamente.
Disculpen la pesadez, pero así se ponen algunas personas ante tanta polarización. De nuevo se reviven los asesinatos, se repiten los vídeos de las ejecuciones realizadas durante las manifestaciones del 11. Las vejaciones del brevísimo gobierno de Carmona. La absoluta locura que se apoderó de un país por unas horas, de unos por despecho y de otros por euforia.
El sentimiento de revancha sigue allí presente. La sensación de que cualquiera de las dos caras de la moneda está dispuesta a todo para dejar de reposar oculta sobre la mesa para relucir y colocar a su hermana en las sombras. El canto; sin embargo, siempre está en la misma situación, puede cambiar su orientación ligeramente al darse las acciones de opuestos rivales; pero poco representa en el giro de la moneda.
Quedan dudas, frente a la condena de un par de policías, de cuáles son las responsabilidades en juego, quiénes los responsables y cuál es la magnitud del daño hecho en aquellos días. Dentro de la sana convivencia queda muy claro que la cacería de brujas realizada el 12 de abril no ayuda en nada como recuerdo a contar en las filas de la oposición a demasiados ex oficialistas. De la misma forma, los eventos ocurridos en la embajada de Cuba - más allá de lo simpática o antipática que pueda resultar la injerencia del país antillano en nuestros asuntos – representan un testimonio de la falta de civismo de quienes reclamaron para sí, en su momento, la exclusividad de la educación y de la moral.
Pero claro, nunca puede quedar por fuera el uso constante – aparentemente legítimo – de la denominación de golpe de estado de los eventos que dieron lugar al finalmente nombrado Carmonazo. La acusación constante hacia los medios como responsables directos, únicamente a través de los medios da un poco de escozor. Las acciones legales en contra de todos los conspiradores, fascistas y golpistas asustan y no precisamente por su precisión. Quienes ayer acusaron y hoy acusan a diestra y siniestra han sido profetas de magnicidios que nunca ocurrieron, de masacres nunca ejecutadas, de bombardeos que parecen más asociados con Pegaso que con B-2 Stealth, de acciones bélicas más cercanas a Aragorn que a Collin Powell.
A veces, quisiera poder consultar la literatura de Tolkien acerca de la Tierra Media para entender la dinámica de fantasía de nuestro conflicto. Porque parece que en lugar de diálogo político se realiza un duelo mágico entre hechiceros que fabrican la existencia con mantras poderosos. Se transforman ciudadanos comunes en fascistas asesinos con una mera acusación, luego los otros transforman en simios irracionales a sus rivales. Así, entre hechizos de transmutación y duelos de conjuración, los hacedores de sueños y pesadillas nos hacen pensar que sus palabras son importantes para nosotros. Casi de la misma forma que nos deberían parecer bonitas las actrices de telenovela – es un asunto que raya en la obligatoriedad, a pesar del botox, el raquitismo y el exceso de polímeros en el cuerpo – y para las féminas en los actores, quienes no cuentan con menos de los parapetos anteriores, aunque podría sustituirse el raquitismo por los anabolizantes.
En medio del show/duelo de espectáculos de ilusiones y fantasías, algunas cajas mágicas han dejado a los dulces voluntarios picados por la mitad. Ahora - aún - la moneda parece haber sido lanzada al aire nuevamente.
¿Cara o sello?
La imagen usada es de un autor al cual no hemos podido identificar ni ubicar. En caso de aparecer puede desaparecer la imagen, o aparecer su nombre.
Pensar y repensar las críticas que fluyen en el día a día agota. Es un ejercicio que lejos de tonificar desgasta. Es el caso de pensar, por ejemplo, si es cierto que solo critican la superficialidad de nuestras sociedades occidentales aquellos que están más cerca de la fealdad que de la belleza. O si, aquellas mujeres que critican las numerosas cirugías, realizadas de manera industrializada, son mujeres o bien benditas por la genética por una explosiva voluptuosidad – de la que se avergüenzan – o mujeres que no fueron benditas con nada sino su aguda percepción e inteligencia.
Da lo mismo pensar, por ejemplo, del comentario del varón, que señala que la habilidad en las artes del amor supera por mucho la importancia de la virilidad métrica. O por ejemplo, el caso de la autocrítica de la abundancia, de la literatura prolija acerca de las desgracias implicadas en la posesión de riquezas materiales incalculables, de aquellos, que con esa misma literatura aumentan su flujo de caja a un punto difícil de manejar con principios y libre de sustancias ilegales en el torrente sanguíneo – aunque nunca deja de ser preciado el uso de sustancias legales y autorizadas.
Y al final del día, las preocupaciones y las críticas realizadas en contra del estado de las cosas desde la tradición, en contra de la desnudez, la pornografía, la creciente violencia en los medios, los escotes pronunciados, las curiosidades degeneradas de los niños, las faldas de reducida longitud – y decoro -, los "chorcitos" escasos de tela – y de decencia - , la promiscuidad y el adulterio, en fin, la cercanía del fin de los tiempos nos hacen sentir como una generación degenerada.
Nos preocupamos por los usos poco provechosos del tiempo libre de nuestros jóvenes, nos dolemos por la irresponsabilidad de los nuevos padres, por la sempiterna ausencia materna de la mujer liberada y por los cada vez más frecuentes desastres naturales. Familias atomizadas por doquier, donde los divorcios son más comunes que los besos, los crímenes pasionales más frecuentes que las reconciliaciones. Esto sin dejar a un lado el terrible fenómeno de la violación legitimada en el deber matrimonial. Nuestras tradiciones han sido pervertidas por los oscuros deseos de libertad, la preocupante individualidad y la escasa organicidad de nuestras comunidades.
La falta de participación, de preocupación, de respeto e incluso, de simple interés en los demás, pareciera estar solidificando la idea del Apocalipsis. Escuchamos los cascos de sus jinetes por doquier, la tierra vibra, los cielos retumban y el llanto de millones de niños hambrientos y adoloridos nos atormentan para recordarnos que estamos muy equivocados con la forma en cómo estamos manejando las cosas.
Hace menos de 20 años el muro de Berlín lucía firme, la historia aún parecía regirse por dos versiones de mundo comprensibles. Por alguna razón, el materialismo individualista estaba más cerca de la espiritualidad que el colectivismo tiránico.
Hoy día, los disensos son más abundantes, aunque quizás sea porque ahora nos parecemos mucho más. Los fanatismos, las incomprensiones e intolerancias son la agenda presente, sin dejar de ser una profunda paradoja.
Por estas latitudes nos preocupa el enrojecimiento de la política continental, con una presencia cada vez más sólida de la izquierda en América Latina, con un presidente demócrata y negro en el líder ideológico y cultural de las Américas – aunque ahora la disputa es abierta, Britney sigue siendo más influyente que Lina Ron.
En general, la falta de credibilidad de las críticas a nuestro mundo, a nuestro país y a nuestra localidad se fundamenta en la sospecha de un interés individual enmascarado en el supuesto interés en un bien colectivo. Lejos de pensar que alguien quiera ayudar, sabemos, que quiere imponer su punto de vista sobre el nuestro. Y por supuesto, lejos de tomar en cuenta la buena voluntad nos rebelamos y hacemos absolutamente todo lo contrario. O al menos eso diría un conservador. Porque para lo que algunos es falta de principios, para otros es falta de compromiso con la esperanza.
Desde la tradición, nuestro querido conservadurismo tirita de terror, mientras los apasionados amantes del futuro bonito vibran de esperanza. Pero a nuestra generación degenerada no le interesa. Está por verse si alguno de estos tres grupos puede dar el giro definitivo de nuestra historia hacia un nuevo final. Y a un nuevo comienzo.
Regresando de Margarita, la mente debería despejarse, el discurso alivianarse y las pasiones ser mucho menos odiosas, mucho más tropicales.
Pero son suficientes dos días en Caracas para volver a la normalidad absoluta.
He meditado respecto a qué tema podría ser interesante comentar y no se me ocurre otro que unas búsquedas que hice un Google para enseñarle a una colega qué es un operador booleano. Luego de pensar en un par de palabras de uso común, me doy cuenta del siguiente numerazo:
Venezuela AND Chavez: 10.700.000
¿Sorprendente?, o un poco más vulgar, ¿Cagante?
Venezuela, por sí sola, refleja mucho más que eso: 240.000.000, que es 55 millones más que porno, que es algo así como 185.000.000 de entradas.
La cosa va así:
Palabras clave | Resultado Global (entradas) | Duración (seg.) |
Venezuela AND Chavez | 10.700.000 | 0.16 |
Venezuela AND turismo | 10.400.000 | 0.43 |
Venezuela AND sexo | 5.880.000 | 0.06 |
Venezuela AND dinero | 5.320.000 | 0.23 |
Venezuela AND petroleo | 4.850.000 | 0.16 |
Venezuela AND violencia | 2.730.000 | 0.18 |
Venezuela AND chocolate | 2.020.000 | 0.46 |
Total | 41.900.000 | 1,68 |
De estos datos podemos sacar, al menos, 4 conclusiones:
Pero bueno, basta de aclaratorias. En definitiva, el momento llama, el tiempo que vivimos reclama una respuesta.
¿Qué hacemos ante las nacionalizaciones?
¿Qué hacemos con el acaparamiento?
¿Qué hacemos ante la especulación?
¿Qué hacemos ante la arbitrariedad estatal?
Quizás algunos estén de acuerdo conmigo. Pero estar indefenso ante el Estado, el Sector Privado y los particulares resulta como demasiado fuerte. Sin embargo, considero que es el momento de construir una economía del odio.
Hay que ahorrarlo, reducirlo al mínimo, así como si el odio fuera un gasto horrible en dólares a precio del mercado paralelo (porque ahora no es negro sino paralelo, ¡cómo me encantan los eufemismos!)
Por eso, creo que es mejor que los comedores de arepa se pongan de acuerdo y boicoteen las areperas que consideren abusivas con los precios y manden al gobierno a hacer cosas más provechosas. Conozco algunas ciudades donde hay viejitas que pasan horas vendiendo dulces, gente que anda por la calle pidiendo real y hay niños en harapos que se nota que tienen como 17 años, pero tienen el tamaño de uno de 11.
Es mejor ahorrar odio y no perder tanto tiempo intentando ganar una discusión. Las discusiones no se ganan, se construyen.