jueves, diciembre 16, 2010
lunes, septiembre 20, 2010
sábado, agosto 28, 2010
lunes, julio 19, 2010
martes, junio 01, 2010
miércoles, mayo 12, 2010
viernes, abril 30, 2010
jueves, abril 01, 2010
martes, marzo 16, 2010
El queso, los gatos y los espantos decapitados que sonríen.
jueves, febrero 25, 2010
Durante este largo mes de abstinencia, he notado que varios de mis cercanos son activos en la blogosfera. Algunos desde hace tiempo, otros han empezado apenas a contribuir a esta maraña de letras, exclamaciones y bramidos. La gran mayoría, exceptuando algunos poetas, embisten furiosamente contra sus propios egos desplegados, contra la nación, la política, los políticos, la basura en la calle y el tráfico - y en algunos casos las sórdidas mitologías.
Al filo de este descubrimiento he surcado insistentemente sobre estas lecturas y algunas otras. Y he llegado a esta extraña, bastante snob conclusión, de que vivimos en la era post-briceñista. En su momento, Briceño Iragorry, hizo una terrible acusación, que al mismo tiempo se convirtió en dictamen. Nuestro patrimonio intelectual - empobrecido por las dictaduras, los caudillos y los juegos políticos - es incapaz de dar una explicación consecuente de quiénes somos como venezolan@s, por qué somos como somos, más allá de una injusta visión de nuestra ascendencia, que coloca al español como tirano violador, al indio como perezoso drogadicto y al negro como animal salvaje.
Cuando ya han pasado unas cuántas décadas y aquel Mensaje sin Destino se quedó flotando en la bandeja de Spam, a voces elevamos nuestro grito crujiente en contra de la traición que la oscura politiquería nos jugó a todos, viendo como el proyecto de vida que se nos ofreció, el de ser alguien en la vida, cae dramáticamente en desuso, y terminamos siendo nadienes con títulos pomposos e inútiles, que son vencidos con humillante facilidad, bien sea por la experiencia, el networking, la crisis financiera, la irrelevancia del conocimiento académico, el relativismo cultural reinante en los departamentos de selección y reclutamiento a nivel mundial, la escasez de sueños dorados, la fenomenología anal del management y la cruda afectividad del discurso político.
Aquí, más cerca ya del mango que del filo, queda pendiente aún saber, si ante la decadente figura del intelectual criollo, que ahora aplaude como foca o gruñe como perrito, es el papel de esta extraña comunidad circense y virtual - de la cual soy apenas una ínfima manifestación - el ofrecer una explicación o al menos buscarla. Considerar no como un honor heredado de intelectual de boina azul, sino como un deber trabajoso y relativamente imposible, dar con una lógica que nos permita aceptarnos como somos.
E incluso preguntar, con esa duda suicida que sólo puede existir en la mente criolla, si es necesario entendernos, si es que acaso hace falta ser aceptados por nosotros mismos. Desafiando así la psicología del sentido común y las más clásicas fórmulas que conciernen al amor propio y la capacidad de mejorar nuestro status, quiénes muchos consideran vengonzoso.
Sin embargo, queda pensar - al fin y al cabo este papel aguanta incluso más que todo - si distanciados y cercanos, tan microscópicamente cerca, la identidad nacional es algo más que literatura. Y no porque el efecto de la distancia diluya la potencia del afecto patrio, sino porque precisamente ahora, cuando la intelectualidad se ha desfigurado en una masa informe de profesionales frustrados y politiqueros oportunistas. Precisamente ahora, podemos notar con claridad, que tras los agudos análisis, las acusaciones bien fundamentadas, los datos y las tendencias... Podemos palpar que sigue estando hueco.
sábado, febrero 20, 2010
domingo, enero 24, 2010
P.D1: Nadie tiene por qué exigirme a mi lealtad, ni a mi, ni a nadie. Oyó, señor Presidente?. Nadie es el Pueblo.
P.D2: La imagen del Kapow fue tomada de http://goodcomics.comicbookresources.com con la esperanza de que no hayan problemas con eso
martes, diciembre 29, 2009
El reencuentro con mi ciudad natal confirma, sin dejar lugar a mayores dudas, que lo que más extraño de Caracas es la gente. También, que lo que menos extraño es la gente. Y por favor, no se ofendan. Estamos frente a un tema de acepción, el interminable – pero divertidísimo – enigma de la terminología.martes, diciembre 08, 2009
miércoles, octubre 28, 2009
Más de un mes en el Reino Unido y habiendo conocido la capital del Viejo Imperio, la experiencia británica se hace mucho más nítida. Pero la perspectiva de vivir en un lugar como estudiante es siempre favorable, al menos para aquel que gusta de la academia, estar rodeado de una elite de gente brillante – la mayoría de ellos muy jóvenes – y discutir acerca de los asuntos más importantes del mundo de una manera segura e insignificante.
Me reprocharan que la academia produce conocimiento útil y práctico, incluso en psicología, con lo cual concuerdo. Sin embargo, el goce ingenuo de cambiar el mundo en cada conversación, suele ser particularmente frondoso en la academia. Fuera de ella, el pesimismo y el "realismo" es mucho más fuerte y pesado, esto a pesar de que los académicos tienen mucho más recursos y razones para ser pesimistas. Y en el medio de esta divagación, ya pronto se acerca el momento de confrontar el primer paso hacia adelante. Escribir un ensayo formal en una lengua extranjera no es tarea sencilla. Esto se hace notable, tomando en cuenta la brecha cultural y cognoscitiva entre las partes. Sucesivos golpes a la autoconfianza (como tener que preguntar cómo funciona un casillero, donde se toma el bus para X desde Y para llegar a Z, verse sorprendido por un evento programado, confundir el verano con el otoño) o en otras palabras , el hecho de ser un espécimen de zoológico en una jaula defectuosa, hace que el reto luzca desafiante. Convencer a un académico cuya mente es acorde a este mundo, a través del lenguaje de otro mundo (donde los eventos no programados no sorprenden, los casilleros no tienen un funcionamiento propio y los buses tienen gente colgando que grita para donde van) pues, no se ve fácil. Hay una traducción invisible del español al ingles, una traducción similar a la que se hace cuando se cocina con una receta y dice "sal y pimienta al gusto". Y en algunos casos, como en el de la escritura en un idioma extranjero, no se trata ni siquiera de traducir, porque de hecho, se está razonando en el idioma extranjero en cuestión. Se trata de pensar en la manera en que el idioma lo demanda, acoplarse a la delicadeza de su funcionamiento, disfrazar el espíritu y dejar que fluya una línea de pensamiento muy distinta a la propia, pero propia, de alguna otra forma.
Es un engaño, sutil si se quiere, un engaño que empieza por el que escribe, para convencerse de que es su pensamiento el que está reflejado allí, en otro idioma y que de hecho, si se lee, tiene un acento diferente al de uno mismo cuando habla, una voz quizás más grave o más nítida y una línea de pensamiento distinta a la que se pudo haber formulado en español. Los resultados de este experimento lucen prometedores, al menos interesantes, y esperamos, que todo salga bien.
domingo, octubre 04, 2009
Las velocidades, son, definitivamente distintas a la de mi querido trópico venezolano, tan cerca del ecuador y tan lejos de mi. El correo, que no es, definitivamente, uno de los mejores servicios públicos en Venezuela, aquí es una empresa bandera: The Royal Mail. Claro, con semejante prefijo, cualquiera. Tan sencillo que si alguien se mete contigo en la calle, le puedes decir: “pendiente, que trabajo para la realeza”. Nada más y nada menos. Es la diferencia con la banca, que aparte de no tener tanto tino haciendo instrumentos transparentes y confiables, son lentos. Si, están leyendo bien, el banco ese horrendo, donde usted va y sabe muy fácilmente cuando se cobra la pensión por vejez es más rápido que cualquier banco de acá. A-si-de-sen-ci-llo.
El poder de la monarquía hace su esfuerzo, en pleno siglo XXI, por seguir pareciendo designado celestialmente. Esto, se nota claramente, en la presencia simbólica de la Reina Madre, en cuanta bodega, kiosco, fábrica de muebles, empacadora, hostal, bandeja de frigorífico y pare usted de contar. La Reina, designa quien hace que cosa, al parecer, con una velocidad, eficiencia y margen de acción que solo alguien asignado divinamente podría afrontar. Es muy distinto a lo que leo en la etiqueta de Carlsberg, que podría traducirse como "Para la Corte Real de Dinamarca", que suena pomposo y honorable, e incluso como un gesto de entrega a la Corona Danesa. En cambio, en el Reino Unido, las cosas no son para la Reina, son designadas por la Reina, se lee claramente "Designado por la Reina". Pero no para su uso exclusivo, sino para el de todos sus súbditos - y de los invitados. En otras palabras, es como un ISO 9001:2008 celestial.
La calle donde vivo, se llama, adivinen como: Queens Road! En la misma calle hay cerca de 20 negocios que llevan, en alguna parte el epíteto "Queen". Las barberías, en cambio, han hallado la manera de ser la Barbería del Rey, en diferentes maneras, sin pisarse los talones ni dejar a un lado los molestos derechos de autor, que han permitido que los comerciantes se las arreglen con algo de ingenio, para inventar unos 15 nombres de barbería donde se asoma o se dice explícitamente, que el Rey iría a cortarse el pelo allí, si pudiera hacerlo.
Otra cosa que he podido notar, es que los británicos se sienten con licencia para burlarse de la Reina y de toda la corte real, con la misma facilidad con la que se burlan de sí mismos. El enorme disfrute que encuentran los británicos haciendo chiste de sí mismos, caricaturizando su refinación, tanto como sus maneras más simples y gruesas, llama la atención, a cualquiera que este acostumbrado a un sentido del humor mucho más enfocado en hacer goce de la diferencia, más que de las mismidad.
Y bueno, como dirían por acá: God save the Queen!
P.D. 1: No es coincidencia que nada mas esas dos palabras vayan en mayúscula en la misma frase... Monarquías!
P.D. 2: He colocado los acentos que he podido a través del corrector ortográfico y sufro enormemente por no poder apegarme a mis apreciadas formalidades de la Real Academia Española, pero la culpa es del teclado!
martes, septiembre 22, 2009
Finalmente, luego de una semana de locura absoluta, con el día clavado en la noche y la noche en el día, sin casa, teléfono ni internet, he pasado de la absoluta indigencia a la ansiada vida del primer mundo. Suena rimbombante, quizás algo exagerado, pero fuera del teclado sin acentos, es una diferencia radicalmente maravillosa. Ya mi acento en ingles debe sonar muy parecido al de Kluivert cuando hablaba en español, y conozco unas 4 rutas de bus tan bien como las de Margarita, asi que puedo decir que estoy bastante mejor. La experiencia de otro mundo, de vivir en una isla que no está rodeada por arrecifes paradisiacos y donde se espera que llueva la mayor parte del año - sin ninguna selva cerca – suena loco. Y puede que lo sea.
Este es, seguramente, el post más autobiográfico que haya escrito en mucho tiempo y para quienes están más interesados en mis opiniones respecto a otras muchas cosas, les pido mis disculpas. La experiencia europea, o en todo caso, británica, es, como era de esperarse, tan distinta como puede ser una mata de mango en Tapipa de un roble en Beeston. Y, como decía Einstein, tomemos el espacio y el tiempo como uno solo y véanse ambas matas comportándose de manera radicalmente diferente durante todo un año – ontogenéticamente, como diría Piaget – y allí estamos. Ahora, imaginen una mata de mango en Beeston y listo. He allí el fenómeno que ocurre con el recién llegado, que pronto se da cuenta, de que el mundo está transitando a su alrededor, y que no es el único mango por allí. La experiencia de la calle, en un pueblo grande como Nottingham, es una tarea retadora para la atención. Difícilmente pueda alguien curioso no marearse en el autobús, mientras se queda viendo fijamente todo, intentando sostenerlo en la retina durante suficiente tiempo como para poder atraparlo y no lucir tan sorprendido la próxima vez. Lo mismo pasa con los olores y la musicalidad de la calle. Es difícil no darse cuenta, de que se está rodeado de africanos, asiáticos y europeos al mismo tiempo. Algunos acentos australianos pueden venir a cuento, y los latinoamericanos realmente tenemos muy poca presencia callejera. Y nada que decir respecto a la hilera de cortinas aromáticas que es, en realidad, cada avenida que cruza las diferentes cuadras. Curry, fritura, carne, pescado, frutas, dulces, pan, humo, bebés, etc… todos estos olores van y vienen mientras una chica punketa lleva a su bebé en el coche, mientras su otra hija corretea en el monopatín para tomar el autobús del colegio.
El semáforo, quien cuenta con un asistente septuagenario, puede estar copado por personas radicalmente diferentes. Y de hecho, no he presenciado la primera vez que haya un grupo relativamente homogéneo en el semáforo. Obviamente, el hecho de que la presente mata de mango esté rondando no ayuda para nada. Y esta contribución minúscula a la heterogeneidad reinante se siente bien. Y es quizás, la contribución que se pretende hacer, en un mundo que amenaza con ser cada vez más homogéneo, pero que en cada rincón, notamos como, indiferente y rebelde, empieza a notarse una energía rotunda que niega a perderse en los pasillos de supermercado y que lejos de los nacionalismos asesinos, pretende más bien reafirmar su presencia, sin vergüenza alguna, queriendo decirle a los designios de los totalitarismos mercantilistas y antimercantilistas, que no importa cuanto lo sigan intentando. El mundo se acabará antes de que las diferencias sean anuladas, o quizás se acabará en ese preciso instante.
And as they say in here: Cheers mate!
lunes, agosto 17, 2009
Después de tanto tiempo sin publicar, el panorama cerebral se muestra árido y disoluto. Sería poco honesto dejar a un lado una de las razones de la aridez, que no es otra que la presencia de la mitad de este desierto neuronal al otro lado del Atlántico. Finalmente, luego de más de un año, el sueño de cursar un postgrado trasatlántico está por cumplirse, queda en manos de Dios - y de CADIVI - que todo siga el curso que ha sido trazado por los propios méritos y la ayuda de decenas de buenas personas y amigos. Seamos honestos, nos gusta el toque de reto que le da este país a todo, incluso estacionar el carro.
Quizás es eso lo que nos distrae de cosas más importantes, lo que ha planificado con minuciosidad enfermiza el dueño del status quo para hacer que este país siga un curso infernal. Algunos piensan – en una proporción pseudomiti-miti – que quienes han trazado el rumbo hacia el abismo han sido sus respectivos contrincantes políticos. Sin embargo, pareciera haber una presencia aún más grave, extraterrena, oscura y melancólica, que a ritmo de vallenato llorón, solloza complacido y triste por el final de un sueño, verlo hundirse lentamente en un pozo de brea pestilente, mientras los habitantes del barco pelean entre sí, gritándose, discutiendo acerca de quién los llevó a ese pozo y cómo llegaron a ese lugar.
Los actuales ocupantes de la nave discuten sin cesar acerca del deterioro moral y espiritual del país. Y cada cual plantea que bien, esto es asunto de responsabilidad exclusiva de quienes gobernaron antes – al parecer a los 6 años yo también estaba en ese lote – y quienes gobiernan – quienes según los del otro lado, en 10 años han logrado destruir la gran maravilla que habían hecho. Y no, no me odien por favor, que según los rojos estoy de su lado.
Pero, sin ánimos de ser aquellos terribles seres que sólo se quejan sin hacer nada, cada vez que pienso en oposición recuerdo al dedo gordo. El famoso dedo pulgar. El maravilloso dispositivo que nos aleja de los terribles, estúpidos y peludísimos monitos. Sí, se le llama "pulgar oponible". Puede seguir un curso radicalmente diferente al del resto de la mano. Y puede hacer que la mano haga cosas que no haría sin dedo gordo. Como martillar con algo de precisión, sujetar un trapo mugriento con asco, o un pañal usado con asco. En fin, la famosa "pinza fina" que, acompañado de un rostro halado hacia el cuadrante central superior, es signo ineludible de una profunda experiencia escatológica.
Es entonces, lo que me inquieta. Lo que me aseguro a mí mismo. Tesis desquiciada: sin la "oposición" esta mano habría hecho cosas muy diferentes. La toma de decisiones, supuestamente asume costos y beneficios, riesgos calculados. Sin embargo, desde hace algún tiempo siento que esta tesis se ha deteriorado, y se piensa que este país es tan divino, que Jesús sigue asumiendo los costos de nuestras acciones.
Hay algo, aparentemente, en alguna parte de nuestro inconsciente latinoamericanojudeocristiano que nos hace pensar que si hacemos algo a contracorriente, alguien más, seguramente el pobre Jesús, será el que asumirá el costo de nuestra rebeldía. Se ha llegado a la idea absurda de que se puede hacer revolución sin oposición y de que se puede hacer oposición sin represión. Como si la diferencia radical de ideas fuese conciliable con unas buenas palabras, unas palmadas en el hombro y una sonrisa pajúa. Porque claro, somos gente solidaria, alegre, de buenos sentimientos. Aunque, también cada acción de cambio, cada promesa de giro de timón reposa, no sólo en la absurda esperanza de que el costo lo asumirá alguien más, sino también sobre la oscura certeza de que un movimiento en falso puede costarnos la permanencia en esta vida.
Hay mitos que derrotar, acerca de nuestras propias bondades. Mitos como la solidaridad - que hace que miles de personas vaguen hambrientos sin ayuda -, como la alegría - que tiene las calles desiertas a las 9 de la noche -, como la simpatía - que no le gusta mirar a la cara en la calle ni dar los buenos días-, o el mejor de todos, la atención - que hace que 9 de 10 mesoneros odien a sus clientes, aunque no sean caprichosos.
Y claro, dirán ustedes, qué sencillo armar este zaperoco cuando uno se va, ¿no? Pues no, es una manera de decir, cuiden este coroto mientras llego, sin nada de Fe en que nadie pare media bola.
miércoles, julio 29, 2009
Recientemente he tenido un reencuentro con la literatura. Leer a alguien conocido es un asunto peculiar. Quizás en otras latitudes no se entienda con claridad el dilema. Pero la latinoamericanidad hace que el debate intelectual, artístico y literario sea realmente complicado. Quizás de allí provenga buena parte de la calidad de nuestros genios apasionados.
Uno de estos genios apasionados - por qué ser modesto cuando no es uno mismo - es amigo mío. De adolescente mantenía como ética el rodearme de gente talentosa, brillante y hermosa para compensar. Y es una ética que ha rendido sus frutos. Este breve post es una parodia de las revistas literarias donde se hace un incomprensible análisis respecto a la calidad de una pieza literaria. Sería grosero decir que la crítica no aporta nada a la literatura y que es más bien como un organismo que parasita el talento de quienes empeñan su buen sueño, su tranquilidad y su intelecto, que con mucho menos esfuerzo, podría devengarles mucho más dinero en un arte mucho menos digna. Sería grosero, sin duda, y por eso no lo hago.
Y al final, tampoco tiene ninguna importancia. De quien hablo es Carlos Villarino. Hace varios años hice un post, contento porque Carlos había ganado el Monteavila. Ahora escribo otro post contento porque Carlos ha publicado su segundo libro: El Otro Infierno. Luego de haberme abandonado por meses a la lectura de biografías, literatura académica y profesional, agradezco que haya aparecido Carlos con su libro. Hay literatura que te aleja del mundo, que te atomiza en otros mundos. Y hay literatura que hace palpable al mundo mismo. En una vitrina donde rezumba la sabiduría oriental, el valor de la confianza en el yo y otro método más para mantenerse en el peso apropiado, El Otro Infierno es una pieza de literatura que hace que el mundo sepa a algo, que huela, que se materialice frente a nuestros ojos. Quizás no es el mundo que queremos, pero tras lo siniestro y oscuro de los relatos se experimenta el goce de la contundencia de una manera de escribir que parecía olvidada por estas latitudes.
Y bueno, sin irse a París, entre la Baralt y la UCV, ha salido un excelente libro de cuentos. Narrativa breve, mi favorita, de la que no tienes que tener buena memoria para entender y desentrañar. Así que si se lo tropiezan, compren El Otro Infierno y para quienes la vida sea mucho menos accidentada y azarosa, ¡búsquenlo!
P.D: Sé que está disponible en El Buscón del Trasnocho y en Librería Estudios, detrás del CSI.
lunes, julio 13, 2009
Provoca irse para el carajo. Sí, claro que provoca. Pero el camino para el carajo está alfombrado de innumerables obstáculos. Pero alfombrado, no tupido como un bosque tropical selvático lluvioso de grandes y portentosos árboles, sino alfombrado de nimiedades de la estatura de una fibra sintética altamente inflamable.
Es tan vulgar el tipo de cosas que hay que hacer para salir de aquí por un rato, que utilizando la bendita metáfora de la alfombra de tonterías, uno se siente culpable, por primera vez, de que la digna alfombra persa esté en la misma categoría de los alfombrados alergénicos de oficina. Es como la diferencia entre una pieza de Bach y el hilo musical de un ascensor.
Brutal divagación, brutal. He estado pensando en insurgir. En rebelarme finalmente de manera práctica y contundente ante el estado de las cosas, tan ruidosamente envilecido, tan escandalosamente banal, tan invasivo en su ajenidad perpetua. Y quizás la manera de hacerlo sea a la antigua, con un manifiesto, un partido político ilegítimo no registrado en ningún papel oficial y una propuesta insensata. O quizás no. Es esa apertura a las alternativas, esa duda constante, un "tal vez yo no tenga la razón", esa serenidad la que frena el ímpetu de mi manifestación definitiva contra todo. Es como una explosión cuyas esquirlas van pidiendo disculpas en el camino mientras tropiezan, desgarran y rompen. Y termina siendo todo más como una nube que como un estallido.
Y es aquí, en esta nube de humo metafórico y virtual, donde se desanudan las trenzas de mi cotidianidad entrecortada. Y probablemente ustedes ahora tengan esa cara, la cara de que este es "otro post de esos que no entiendo" o de repente les parece que es encantador.
Y esa ambivalencia, que es tan parecida a mi "tal vez yo no tenga la razón" debe ser lo que me mantiene escribiendo. La esperanza de que ocurran cosas fuera de esta pantalla que no me ocurren a mí, sino a ustedes. Cosas que ocurren cuando leen esto. Sin ninguna pretensión iluminista, sino más bien romántica.
Y cómo quisiera creer apasionadamente que ir a protestar soluciona algo y no que empeora la experiencia trágica de la urbanidad. Cómo quisiera creer que nuestras instituciones cumplirían su rol si nos quejáramos más. Amaría pensar que nada más nos falta aprender a trabajar con más ímpetu, que Venezuela es un país de flojos y que teniendo petróleo y tantos recursos la tenemos mucho más fácil. Sobre todo, adoraría que alguno de los clichés vespertinos de costumbre me confortara ligeramente, me diera algo de cobijo, me ofreciera algo de tranquilidad injustificada, plenamente inconsciente y carente de culpa.
Quisiera pensar que la miseria que hay en nuestro país es mucho menor que la de otros países, que esa hambre que sienten millones de personas es mucho menos hambre que la de los pobres en África, en Asia, en el Caribe o en cualquiera de nuestros países cercanos. Que aquí es más fácil ser pobre porque al menos el mango y el plátano se dan en todas partes, no como en el desierto, donde crece el odio con cierta dificultad, pero nada de frutales y verdor.
Sí, mucha divagación, a raudales.
Y he pensado, cómo no, he pensado en fundar un partido. En llamarlo El Bate. Y colocar de lema "Nosotros sí arreglamos las vainas a los coñazos". Se podría entrar sin cédula, ni pasaporte, ni siquiera necesitaríamos foto para el carné. Pero cada quien tendría que comprar o hacer su propio bate. Los fundamentos básicos del partido serían difíciles de establecer en una primera instancia, pero muchos problemas nacionales pueden resolverse con mayor efectividad y solvencia con un bate que con el gobierno o las marchas.
No hacen falta más partidos que ensucien las paredes de papel engomado en las elecciones y que nos hagan gastar nuestros impuestos en más colores para el tarjetón. Hace falta amor. Y un poco de madera.